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Natalia Lafourcade nos habla de su nuevo disco "De todas las flores".

Después de más de siete años de no sacar material inédito, Natalia saca uno de los mejores discos de su carrera. Según sus propias palabras, así fue como lo logró.




Por Alberto Rojas Eguiluz

Fotos cortesía Sony Music


En el Museo Anahuacalli de Ciudad de México, Natalia Lafourcade se dio cita para hablar con la prensa de su más reciente producción: De todas las flores, el disco más personal de su brillante carrera. La cantante veracruzana contó con colaboradores de lujo, como el ex líder de Talking Heads David Byrne, el guitarrista Marc Ribot, la cantante Omara Portuondo y un pianista mexicano de 20 años que le cambiaron la perspectiva de su propia música, y tuvo una presentación de lujo de este álbum en Carnegie Hall hace apenas unas semanas. Esto fue lo que dijo Natalia Lafourcade en esa conferencia de prensa.




Tu disco está repleto de colaboraciones de primer nivel, ¿cómo se dieron?

Todo comienza con las ganas que tenía de hacer las cosas de una manera diferente de cómo venía trabajando. Se presentó de nuevo la oportunidad de grabar mis canciones y quería que el universo musical que las arropara correspondiera a mis gustos musicales, a mis inquietudes y a mi momento. Busqué a Adán Jodorowsky como productor porque sabía que él me iba a ayudar a ir en una dirección opuesta. Él me iba a ayudar mucho a reinventarme como artista, Adán era una pieza clave.


¿Qué hay de los demás?

Adán me sugirió traer a Marc Ribot, que es uno de mis guitarristas favoritos, pero en el disco también hay un gran pianista que se llama Emiliano Grandes; tiene 20 años pero tiene como 300 años de alma. Su forma de tocar y sus influencias vienen de la música clásica y mis papás son de ese mundo. Por primera vez tuve a la mano a esos amigos músicos que me podían ayudar a traducir ese mundo interno que se estaba gestando en mi imaginación. La presencia de Omara Portuondo en mi carrera es muy importante, para mí es una musa.


¿Qué tan importante fue para ti tocar este disco por primera vez en el Carnegie Hall?

Que Omara estuviera en el Carnegie Hall fue el símbolo de la maestra que me dice “bienvenida al Carnegie Hall”, un lugar que ella conoce y ganó por su trayectoria. En cuanto a David Byrne; que es todo un neoyorquino, fue como si tuviera a un artista de la ciudad recibiéndome. Él ha ocupado un lugar importante en mi formación también, pero más allá de su música, que admiro mucho, lo que ha puesto en sus libros ha sido de gran ayuda para mí, para entender a dónde ir. Para mí fue como el apadrinar el proyecto y saludar una nueva etapa; además era importante tocar en un escenario como ese, pero lo era más llevar la presentación al siguiente nivel. Hacíamos cuentas y son muy pocas mujeres las que han estado ahí, mujeres latinas, mujeres mexicanas.




¿Por qué dices que De todas las flores es tu disco más personal?

Porque las canciones encierran una etapa mía, son temas que compuse de 2018 hasta 2021. El sueño de hacer un nuevo disco nace en 2020 cuando me doy cuenta que había pasado mucho tiempo, siete años en ese entonces, de que no había hecho un disco inédito con mis canciones. Llegar a esa confrontación me hizo pensar en qué momento arrancaba, por dónde empezaba. Fue un proceso de encontrar la esencia de esa etapa de mi vida y ver qué quería contar. Así como De todas las flores es un disco que habla de mi vida; también habla de la muerte, de la medicina de la tierra en la naturaleza, de todos esos elementos que me acompañaron en el proceso de salir de un quiebre de desamor.


¿A qué te refieres con ese quiebre de desamor?

No fue un desamor con otra persona, fue un quiebre de desamor conmigo misma, porque si uno le entrega su corazón a otra persona quiere decir que no se ama lo suficiente como para decir “el corazón se queda aquí y yo comparto con otra persona”. De ahí vinieron una serie de procesos para mí de entender muchas cosas acerca de mi vida y emprender un viaje. Ese fue el regreso a mí, por eso el disco se llama De todas las flores, porque emprendí el retorno a mi propio jardín.




Aunque es un disco muy personal, los colaboradores de lujo que tienes pusieron lo suyo. ¿No dejó de ser tan personal en ese momento?

Hay un momento de la historia que es muy personal, pero hay otro donde ya no es mío. Después se extiende a un productor, luego hacia los músicos, cantantes y artistas que vienen a hacer una pieza visual, a los fotógrafos; se va transformando y todo lo que va sucediendo es de ese trabajo que se hace en comunidad. Hace tiempo que no me gusta el lugar en donde estoy, ya no quiero hacerlo yo sola aunque venga de mí; con todo y que es un disco muy especial, eventualmente se comparte.


Mencionabas a Emiliano Grandes, apenas tiene 20 años, ¿cómo fue trabajar con un músico tan joven a comparación de los demás que estuvieron en este disco?

En este disco se puede sentir mucho su presencia como mi amigo fiel, el que venía a mi casa durante la pandemia porque somos vecinos. Yo vivo arribita en la montaña y Emiliano abajo, entre los árboles, yo le decía “vente a mi casa a jugar” en los momentos en que no podíamos ver a nadie ni estar en la calle, estar con él era estar en un universo que explorar. Todo eso me inspiraba, igual que la comunidad de músicos y músicas de Veracruz, los de son jarocho, pero también la comunidad de jazz que hay en Jalapa, que es un mundo muy rico y me encanta el jazz. Habité esos géneros que escucho pero que en mi música nunca antes había explorado.


Este es tu primer disco con canciones originales en mucho tiempo, ¿hubo presión por eso?

En mi primer disco no sabía cuánta gente lo iba a escuchar cuando lo liberáramos. Ahora es diferente, sacar un disco implica que hay personas que quieren escucharlo y a veces esto puede generar mucha presión o intimidar. Con este disco hubo un poco de todo eso, desde el “no lo puedo hacer y no me doy cuenta”, hasta el “no me importa lo que pase”.


¿Musicalmente qué influyó a este disco?

Tenía toda la intención de explorar más las influencias de la música tradicional, el folclor, creo que hay mucho que aprenderle a estos géneros musicales. A la distancia puedo ver que cada canción refleja ese mundo que he podido construir a través de cantar a otros compositores y después, volver a ser yo la que escribe, componer e interpretar su propia música, por eso se ve en De todas las flores a un Agustín Lara, a una María Grever con ese bolero clásico que ella hacía, esa parte muy antigua, profunda y romántica, pero con una intención de ser agradable y sutil. En este disco quería que eso apareciera, no quería ser condescendiente con hacer lo obvio de acuerdo al ritmo de mi carrera, quería jugar de nuevo con la música.


¿Qué quieres proyectar con tu imagen en este disco?

Con lo visual pasé diferentes etapas porque hubo una parte del proceso donde mi sensación era que las canciones no querían que me preocupara por eso. Tuve muchas ideas, desde hacer una película, un musical, y videoclips. Una disciplina que me ayudó mucho a reconectar con mi mundo interior fue la danza, eso fue lo que me dijo “tengo que volver al estudio a hacer música”, y quería que esa música tuviera la cadencia de este baile; que se sintiera lenta como una meditación en movimiento, con la cadencia de la naturaleza. Eso me hacía pensar en algo muy artístico para la parte visual, todos esos elementos, como la lluvia y el viento, me acompañan a diario porque vivo en medio de la selva. Tuve la oportunidad de ir a Perú a una montaña que me gusta mucho caminar, eso influyó en la forma en que estaba escribiendo y buscando la música.


¿Cómo definiste la parte visual del disco?

Esos días en que me permití vivir ese duelo de desamor y de entender lo que había más allá de eso, me sentía en un mar de lágrimas color negro, fue como atravesar un lugar muy oscuro y esa imagen se me quedó muy grabada. A la hora de estar en Francia mezclando el disco conocí a la fotógrafa Sonia Sieff, quien hizo la foto de portada del disco. En la búsqueda de los accesorios que íbamos a usar me llevó al showroom de un diseñador, nada me quedaba, entonces, Sonia sacó esta falda negra que aparece en el arte del disco, empezamos a jugar con esa textura oscura, nos fuimos al estudio, que resultó ser del director de cine Jaques Tati, y la familia nos prestó el espacio. El estudio estaba lleno de espíritu y de cosas que nos dijeron que no podíamos tocar, pero nos dimos licencia para agarrar una cabeza de maniquí. Con el vestido que no me quedaba, hicimos alrededor de mí una especie de charco, de flor; eso me hizo recordar ese momento, ese mar de lágrimas.


¿Qué aprendiste de esa oscuridad?

A la oscuridad siempre se le tiene miedo, pero es muy bonito cuando se explora porque la luz se hace mucho más fuerte. Quisimos evocar ese momento con lo de la falda, hasta la fecha se sigue revelando la parte metafórica y poética en lo visual, me estoy dando chance de que la música me diga para dónde tengo que ir en lugar de que yo me le imponga a la imaginación. El arte si no es para mover a la gente, para transformarnos, para trascender aspectos de nuestras vidas, entonces no vale tanto la pena porque no te está zangoloteando. Este disco fue todo, lo bonito, lo difícil, la catarsis, la vida, la muerte, la alegría, lo solemne, lo dramático, lo de la falda es un poco de humor, es decir ya y levantarse a vivir.


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